Adolescencia y malestar psicosocial en Chile: resultados de la Encuesta Longitudinal de Primera Infancia 2024
Este artículo examina los principales hallazgos de la Encuesta Longitudinal de Primera Infancia 2024 (ELPI), centrados en salud mental, género y vida digital en la adolescencia chilena. A partir de datos representativos a nivel nacional, se evidencian preocupantes niveles de malestar emocional, especialmente en mujeres, así como patrones de hiperconectividad y desigualdades persistentes según nivel socioeconómico.
Introducción
La Encuesta Longitudinal de Primera Infancia 2024 (ELPI 2024), elaborada por el Ministerio de Desarrollo Social y Familia de Chile, presenta resultados clave sobre el bienestar y la salud mental de adolescentes entre 14 y 18 años. Esta encuesta, que forma parte de un seguimiento iniciado en 2010, permite observar la evolución de distintas dimensiones del desarrollo en el tiempo, a través de una muestra representativa de 7.012 adolescentes que han sido evaluados en cuatro rondas consecutivas.
Los resultados de la última medición entregan evidencia empírica sobre temas críticos como la satisfacción vital, la sintomatología ansiosa y depresiva, la exposición a pantallas, la prevalencia del cyberbullying, las dinámicas familiares y la participación social. Particularmente, se identifican diferencias significativas entre mujeres y hombres, tanto en indicadores de salud mental como en experiencias en el mundo digital. Asimismo, se examinan las variaciones según nivel socioeconómico, sin que estas últimas muestren patrones lineales consistentes en todas las dimensiones evaluadas.
Este artículo tiene por objetivo presentar y analizar los principales hallazgos de la ELPI 2024 en lo referido a salud mental y condiciones de vida de los y las adolescentes en Chile. A partir de los datos reportados, se sostiene que el estudio evidencia una crisis psíquica silenciosa que afecta especialmente a las mujeres adolescentes, en un escenario donde el malestar emocional, la hiperconectividad y la exposición a experiencias digitales negativas configuran un entorno que requiere atención urgente desde las políticas públicas y los sistemas de apoyo.
2. Malestar adolescente y género: más allá de los síntomas
Uno de los resultados más contundentes de la Encuesta Longitudinal de Primera Infancia 2024 se refiere al estado de salud mental de la población adolescente. Según los datos obtenidos a través del cuestionario estandarizado PHQ‑4, el 75% de los y las adolescentes presenta algún nivel de sintomatología ansiosa y/o depresiva. De ellos, un 26,5% reporta síntomas moderados o severos, lo que indica una alta prevalencia de malestar emocional en esta etapa del desarrollo.
Las diferencias por sexo son estadísticamente significativas y configuran un patrón claramente desfavorable para las adolescentes mujeres. En la categoría de síntomas severos, el 11,6% de las mujeres se ubica en este nivel, en comparación con un 5,8% en los hombres, es decir, el doble de prevalencia. En cuanto a los síntomas moderados, el 22,3% de las mujeres los presenta, frente al 13,7% de los hombres. Estas cifras no sólo reflejan una mayor intensidad del malestar entre las mujeres, sino también una distribución más homogénea en los hombres hacia niveles leves o ausencia de síntomas.
Este patrón también se expresa en la percepción subjetiva del bienestar. Al utilizar la escala BMSLSS, la encuesta evaluó la satisfacción con distintos aspectos de la vida cotidiana. En todos los ítems —vida familiar, amistades, colegio, imagen de sí y entorno barrial— las mujeres reportan niveles de satisfacción más bajos que los hombres. La diferencia más marcada se observa en la satisfacción consigo mismas: mientras los hombres promedian 5,4 puntos (en una escala de 1 a 7), las mujeres alcanzan solo 4,8. Esta diferencia es la más pronunciada de toda la escala y coincide con los mayores niveles de sintomatología observados en el PHQ‑4.
Cabe señalar que, según el estudio, estas diferencias de género no se explican por nivel socioeconómico. Las brechas de salud mental entre quintiles de ingreso son menores y no siguen un patrón lineal claro. Por el contrario, las diferencias entre mujeres y hombres son consistentes y estadísticamente significativas en todos los tramos evaluados, lo que sugiere la existencia de factores específicos de género que influyen en la experiencia del malestar emocional durante la adolescencia.
La ELPI 2024 también entrega evidencia sobre el entorno escolar, otra dimensión asociada al malestar adolescente. La satisfacción con la experiencia en el colegio es baja en general, pero nuevamente más baja en mujeres (5,3) que en hombres (5,4), y se presenta junto a indicadores preocupantes de violencia digital (cyberbullying) y aislamiento, que afectan mayoritariamente a las mujeres, como se revisará en los próximos apartados.
En conjunto, los datos permiten afirmar que el malestar emocional en la adolescencia afecta a una proporción significativa de la población juvenil chilena, con una carga especialmente alta para las mujeres. Esta evidencia refuerza la necesidad de considerar el género como una variable crítica en el diseño de intervenciones preventivas y en la implementación de políticas públicas en salud mental.
3. Pantallas, hiperconexión y soledad
La ELPI 2024 entrega información detallada sobre los hábitos digitales de los y las adolescentes en Chile, revelando un uso intensivo de pantallas, especialmente para redes sociales y entretenimiento. El estudio muestra que el 54% de los adolescentes utiliza aplicaciones como Instagram, TikTok, WhatsApp, YouTube o Facebook durante tres horas o más al día, considerando sólo los días de semana. Esta cifra posiciona a las redes sociales como la actividad digital de mayor prevalencia, muy por encima del uso de internet para fines escolares (24,8%) o la lectura de libros, revistas o cómics en formato digital (9,1%).
El tiempo frente a pantallas no se distribuye de manera homogénea. Se observan diferencias significativas según sexo: el 58% de las mujeres declara usar redes sociales tres horas o más al día, en comparación con el 50,2% de los hombres. Esta diferencia también se replica en otras actividades digitales, como el uso de internet para tareas escolares y la lectura en dispositivos electrónicos. La única excepción es el uso de videojuegos, donde la proporción de hombres que juega tres horas o más al día (31,8%) supera ampliamente a la de mujeres (17,2%).
El estudio también analiza el uso nocturno de pantallas, es decir, el hábito de quedarse despierto todos los días mirando el celular o tablet después de acostarse. Esta conducta está presente en el 42,7% del total de adolescentes, aumentando con la edad y alcanzando su punto más alto a los 18 años (48%). Por sexo, las mujeres nuevamente presentan una mayor frecuencia: el 46,1% de ellas declara hacerlo, frente al 39,4% de los hombres. Esta práctica, además de interferir con el descanso, podría estar asociada con los niveles de malestar emocional reportados en la encuesta, aunque la ELPI no profundiza en esa relación específica.
En cuanto a la distribución por nivel socioeconómico, el uso nocturno de pantallas aumenta levemente en los quintiles más altos, aunque las diferencias no son completamente consistentes. El único patrón significativo es que los adolescentes del quintil V presentan una frecuencia algo menor que los de los quintiles intermedios (III y IV). Esto sugiere que el uso intensivo de pantallas no está determinado de manera directa por el ingreso, sino que atraviesa a todos los sectores sociales.
En conjunto, los datos muestran una tendencia generalizada al uso intensivo de dispositivos digitales, con una mayor carga en mujeres y adolescentes mayores. Aunque la encuesta no indaga directamente en los motivos subjetivos del uso prolongado de pantallas, los indicadores de salud mental y satisfacción personal permiten situar este fenómeno en un contexto de potencial vulnerabilidad emocional, donde la digitalidad se configura como un espacio central de interacción, exposición y, eventualmente, evasión.
4. Cyberbullying y violencia simbólica
La ELPI 2024 incluye indicadores específicos sobre la experiencia de cyberbullying entre adolescentes, abordando tres tipos de situaciones: recibir mensajes ofensivos por aplicaciones de mensajería, la publicación de fotografías o videos vergonzosos, y el conocimiento de conversaciones en chats donde se expresan frases ofensivas sobre el/la adolescente. La prevalencia general muestra que el 15,1% de los adolescentes declara haber sido víctima de al menos un tipo de cyberbullying en los últimos 12 meses.
Al desagregar por sexo, las diferencias son estadísticamente significativas. El 16,9% de las mujeres reporta haber vivido al menos un episodio de cyberbullying, frente al 13,3% de los hombres. Esta diferencia se profundiza al analizar los tipos específicos de agresión. Por ejemplo, el 10,6% de las mujeres declara haber leído frases ofensivas sobre sí en grupos de chat, en comparación con el 6,5% de los hombres. Asimismo, el 7,6% de las mujeres ha recibido mensajes ofensivos por mensajería instantánea, versus el 5,6% de los hombres. En cuanto a la publicación de imágenes o videos vergonzosos, no se observan diferencias estadísticamente significativas entre ambos sexos.
También se identifican variaciones relevantes según edad. El grupo más afectado es el de 14 años, donde uno de cada cinco adolescentes (20,5%) declara haber sido víctima de algún tipo de cyberbullying en el último año. Esta cifra desciende progresivamente con la edad, alcanzando un 12,8% entre los adolescentes de 18 años. Esta disminución podría reflejar un cambio en las dinámicas de interacción digital a medida que avanza la adolescencia, aunque no es posible establecer causalidades con los datos disponibles.
Respecto al nivel socioeconómico, la encuesta revela una tendencia inversa a la esperada: los adolescentes del quintil más bajo (I) presentan la menor prevalencia de experiencias de cyberbullying (12,2%), mientras que los quintiles IV y V muestran las tasas más altas (19,1% y 19,4%, respectivamente). Aunque las diferencias no son significativas en todos los cruces entre quintiles, el patrón sugiere que el cyberbullying afecta con mayor frecuencia a adolescentes de hogares con mayores ingresos, lo que podría estar relacionado con una mayor exposición digital o mayor presencia en redes sociales.
Estos resultados permiten caracterizar al cyberbullying como una forma de agresión de alto impacto entre adolescentes chilenos, con mayor frecuencia en mujeres, en edades más tempranas y en sectores de ingresos medios y altos. Dado que se trata de una experiencia asociada a entornos digitales cotidianos (mensajería, redes sociales, grupos de chat), su abordaje requiere estrategias específicas de prevención, contención y regulación tanto en el ámbito escolar como familiar.
5. Vínculos familiares y redes de apoyo
La ELPI 2024 ofrece datos relevantes sobre la participación de adolescentes en actividades familiares y la conformación de sus redes de apoyo, aspectos fundamentales para comprender los factores protectores frente al malestar emocional y social en esta etapa del ciclo vital.
En relación con la convivencia familiar, los resultados muestran una alta frecuencia de actividades compartidas dentro del hogar. El 96,6% de los y las adolescentes declara compartir al menos una comida diaria con su familia, y el 88% señala pasar tiempo juntos en la casa. Además, el 77,7% ve televisión, películas o series en compañía de su familia, mientras que actividades fuera del hogar (como paseos o visitas a amistades o familiares) son reportadas con menor frecuencia (58,5% y 50,1%, respectivamente).
Estas prácticas familiares no presentan diferencias significativas entre quintiles de ingreso en los aspectos más cotidianos, como compartir comidas o estar juntos en el hogar. Sin embargo, sí existen diferencias según nivel socioeconómico en actividades extracurriculares familiares, siendo más frecuentes en los quintiles de mayores ingresos, especialmente en lo referido a visitar amistades o familiares (58% en el quintil V versus 47,8% en el quintil I). Esto sugiere que, si bien la convivencia básica se mantiene estable entre los distintos grupos sociales, la participación en espacios sociales externos depende en mayor medida del nivel de recursos del hogar.
En cuanto a las redes de apoyo, la encuesta indaga en las figuras a las que los adolescentes recurren cuando enfrentan un problema. En primer lugar, el 72,1% de los adolescentes recurre a la madre, siendo esta la figura de mayor referencia en ambos sexos, aunque más frecuente entre mujeres (75,3%) que entre hombres (69%). El padre es una figura de consulta para el 30,7%, siendo más relevante para los hombres (36,2%) que para las mujeres (24,9%).
La amistad también cumple un rol importante: el 36,6% de los y las adolescentes señala acudir a sus amigos o amigas. Este patrón también muestra diferencias de género, siendo más común entre mujeres (38,9%) que entre hombres (34,4%). Otros integrantes del núcleo familiar, como hermanos/as y abuelos/as, son mencionados con menor frecuencia, al igual que los docentes u orientadores escolares (6,6%).
Un dato especialmente relevante es que el 11,6% de los hombres declara no pedir ayuda a nadie cuando enfrenta un problema, frente a un 5,6% en mujeres. Esta diferencia es estadísticamente significativa y da cuenta de una menor disposición o disponibilidad de red de apoyo explícita entre los adolescentes hombres.
En conjunto, los datos de la ELPI 2024 muestran que la familia sigue cumpliendo un rol central en la vida cotidiana y emocional de los adolescentes, especialmente la figura materna. Al mismo tiempo, se observan diferencias de género en la construcción y uso de redes de apoyo, lo que tiene implicancias para el diseño de estrategias preventivas en salud mental. Las mujeres acceden a una red de apoyo más diversificada, mientras que los hombres muestran una mayor tendencia al aislamiento en situaciones de dificultad.
6. Resultados longitudinales: trayectorias del desarrollo y condiciones estructurales
Una de las principales fortalezas de la Encuesta Longitudinal de Primera Infancia (ELPI) es su capacidad para hacer seguimiento de una misma cohorte a lo largo del tiempo. La ronda 2024 analiza a 7.012 adolescentes que fueron evaluados desde su infancia (2010) hasta la adolescencia (2024), lo que permite observar cambios acumulativos en condiciones de vida, estructura familiar y desarrollo cognitivo.
6.1 Cambios en la estructura del hogar
Uno de los hallazgos más significativos se refiere a la reducción progresiva del tamaño del hogar. El número promedio de integrantes pasó de 4,9 personas en 2010 a 4,2 en 2024, evidenciando una tendencia sostenida hacia hogares más pequeños. Esta transformación puede tener implicancias relevantes en la disponibilidad de apoyo y en la dinámica relacional cotidiana de los y las adolescentes.
Además, disminuye de manera constante la proporción de adolescentes que viven con ambos padres. En 2010, el 69,2% vivía con madre y padre presentes en el hogar; en 2024, esta cifra se reduce a 49,8%. Paralelamente, aumenta la proporción de hogares donde solo está presente la madre (44,8% en 2024) y, en menor medida, aquellos donde ninguno de los padres reside con el/la adolescente (3,1% en 2024). Esta evolución refleja cambios en las configuraciones familiares y en las condiciones materiales y afectivas de crianza que pueden incidir en la experiencia adolescente.
6.2 Desempeño cognitivo: evolución en el desarrollo del lenguaje
La encuesta evalúa el desarrollo del vocabulario a través del Test de Vocabulario en Imágenes Peabody (TVIP), aplicado en todas las rondas. El análisis de los resultados revela diferencias importantes por nivel socioeconómico y por sexo.
En términos de quintiles de ingreso, los resultados muestran una brecha sostenida y creciente: mientras que en 2024 el 86,3% de los adolescentes del quintil V se sitúa sobre el promedio en la prueba, esta proporción desciende a 56,4% en el quintil I. Esta diferencia, que ya estaba presente en la infancia, se amplía con el tiempo, confirmando que el nivel socioeconómico sigue siendo un factor determinante en el desarrollo de habilidades lingüísticas.
Por sexo, también se observan variaciones. En las rondas tempranas (2010 y 2012), las niñas superaban a los niños en rendimiento promedio, pero esta ventaja se revierte en la adolescencia. En 2024, el 78,2% de los hombres se ubica sobre el promedio en el TVIP, frente a un 66,4% de las mujeres. Esta inversión en el desempeño puede estar relacionada con múltiples factores que la encuesta no explora en profundidad, pero que resultan relevantes para futuras investigaciones.
7. Conclusión
Los resultados presentados por la ELPI 2024 ofrecen un panorama integral del estado de salud mental, condiciones familiares, dinámicas digitales y trayectorias del desarrollo en la adolescencia chilena. La evidencia recogida a partir de una muestra nacional y longitudinal permite afirmar con claridad que una parte significativa de los y las adolescentes experimenta malestar emocional persistente, con altos niveles de sintomatología ansiosa y depresiva, especialmente entre las mujeres.
El análisis también muestra que las diferencias de género atraviesan múltiples dimensiones: el bienestar subjetivo, la exposición a cyberbullying, el uso de pantallas, y la disponibilidad de redes de apoyo. Las mujeres adolescentes no sólo reportan mayor malestar emocional, sino también una mayor carga de exposición a contextos digitales problemáticos y una percepción de menor satisfacción con diversos aspectos de su vida. Por su parte, los hombres, si bien presentan niveles más bajos de síntomas severos, muestran una tendencia más marcada al aislamiento frente a los problemas personales.
Los datos sobre uso digital reflejan una presencia intensiva de las tecnologías en la vida cotidiana adolescente, sin que exista una relación lineal con el nivel socioeconómico. El uso nocturno de dispositivos, la dedicación prolongada a redes sociales y la baja frecuencia de lectura digital destacan como patrones transversales en la población estudiada.
En el ámbito familiar, la ELPI 2024 muestra que los vínculos domésticos continúan siendo un espacio importante de convivencia y contención, especialmente en lo que respecta al tiempo compartido y la alimentación. No obstante, las transformaciones en la estructura del hogar —particularmente la disminución de la convivencia con ambos padres— y las brechas en la participación social y cultural, especialmente en sectores de menores ingresos, advierten sobre desigualdades persistentes en las condiciones de desarrollo.
Finalmente, el seguimiento longitudinal confirma que las brechas de desempeño cognitivo asociadas al nivel socioeconómico no sólo se mantienen, sino que se amplifican con el tiempo. Este dato refuerza la importancia de intervenciones tempranas sostenidas, dirigidas a reducir las desigualdades en el acceso a experiencias formativas y lingüísticas de calidad.
En conjunto, la ELPI 2024 entrega información valiosa para el diseño de políticas públicas y programas de apoyo dirigidos a la adolescencia. Sus hallazgos deben ser considerados con urgencia por actores del sistema educativo, sanitario y social, ya que dan cuenta de una realidad compleja y multifactorial que afecta el bienestar psicosocial de una generación que crece bajo condiciones altamente exigentes, fragmentadas y en permanente transformación.

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