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Niños influencers. Cuando la infancia se convierte en negocio

En la era digital el fenómeno de los niños influencers pasa cada vez menos desapercibido. Detrás de la diversión y la ternura de la infancia, hay una pregunta incómoda. ¿Qué pasa cuando la infancia deja de ser un espacio protegido de la lógica del mercado y se convierte en su motor?

Niños influencers. Cuando la infancia se convierte en negocio

Hay una escena que se repite en miles de hogares. Una cámara encendida, un niño o una niña actuando frente a ella, y detrás, un padre o una madre dirigiendo la toma. Lo que antes era un video casero para mostrar a los abuelos hoy puede ser el motor de una marca personal capaz de mover millones de dólares. Este es el fenómeno de los niños influencers (kids influencers), uno de los más emblemáticos y más discutidos de la infancia en el siglo XXI.

Un negocio con cifras de industria

El término (kidsinfluencers) describe a los niños y niñas que se han convertido en creadores de contenido y generan ingresos a través de plataformas como YouTube, Instagram o TikTok, ya sea mediante publicidad, patrocinios de marcas o venta de productos propios. Lo que comenzó como una curiosidad de internet se transformó, en poco más de una década, en una industria con cifras considerables.

Un estudio de la Universidad de Pisa, publicado en diciembre de 2023, intentó dimensionar con precisión ese mercado. Sus estimaciones muestran una industria segmentada por edad y por plataforma. Entre los niños de 0 a 12 años, la mayor parte de los ingresos en línea proviene de YouTube (959,1 millones de dólares), seguido de Instagram (801,1 millones) y Facebook (137,2 millones). Entre los adolescentes de 13 a 17 años el mapa cambia por completo. Instagram lidera con 4.000 millones de dólares, TikTok le sigue con 2.000 millones y YouTube cierra con 1.200 millones. Son cifras que confirman algo que muchas familias intuyen. Publicar contenido con niños no es un pasatiempo inocente, es un modelo de negocio consolidado, con marcas que pagan específicamente por acceder a audiencias infantiles y juveniles a través de otros niños.

Esta cifra no sorprende del todo si se considera el contexto. Investigaciones académicas sobre marketing de influencers menores ya documentaban hace años que las marcas de moda, belleza, alimentación y juguetes recurren sistemáticamente a niños creadores de contenido, y que buena parte de esa publicidad se presenta de forma encubierta, sin que quede claro para la audiencia infantil que se trata de contenido pagado (Feijoo-Fernández, Publicidad encubierta en los kidsfluencers, Revista Profesional de la Información).

La presión por producir contenido constante moldea la infancia de niños que crecen siendo, literalmente, el producto.

Lo que las pantallas no muestran

Detrás del alcance millonario hay una historia menos amable, que documentales recientes han comenzado a mostrar. Bad Influence, The Dark Side of Kidfluencing (Netflix, 2024) reconstruyó el caso de un estudio de contenido infantil marcado por denuncias de abuso y manipulación hacia menores que trabajaban frente a cámara durante horas. Born to Be Viral, The Real Lives of Kidfluencers (Disney+) exploró, desde otro ángulo, cómo la presión por producir contenido constante moldea la infancia de niños que crecen siendo, literalmente, el producto.

Estos casos no son anecdóticos. La organización Humanium lleva años advirtiendo que los niños influencers ocupan un vacío legal (Humanium, 2021, act. 2025). En la mayoría de los países no existen protecciones laborales equivalentes a las que sí tienen, por ejemplo, los niños actores o modelos publicitarios tradicionales, cuyas horas de trabajo, descansos e ingresos suelen estar regulados desde hace décadas. Para un niño influencer, en cambio, no siempre hay contrato, no siempre hay límite de horas frente a la cámara y, en muchos casos, no hay ninguna garantía de que el dinero que su imagen genera vaya a estar disponible para él o ella en el futuro.

A esto se suma un dato inquietante sobre las audiencias. Investigaciones y reportajes especializados han detectado canales de niños influencers donde hasta el 92% de los seguidores son adultos (Infobae, 17 de abril de 2026, nota completa aquí). Es decir, el público que consume el contenido no es, mayoritariamente, otros niños, sino personas adultas desconocidas, lo que expone a estos menores a un tipo de visibilidad para la que ni ellos ni, muchas veces, sus propias familias están preparados.

Cuando los hijos demandan a sus padres

El síntoma más elocuente de que algo no funciona en este modelo son los primeros casos judiciales de jóvenes que, al llegar a la adultez, han demandado a sus propios padres por el uso comercial de su imagen durante la infancia, sin haber dado su consentimiento y, en algunos casos, sin haber recibido nunca una parte de las ganancias generadas. En Estados Unidos, canales como DaddyOFive o Fantastic Adventures se convirtieron en referentes negativos del fenómeno, con denuncias de maltrato físico y psicológico documentado en el propio contenido que los padres subían para monetizar (Infobae, 2026).

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Estos casos han empezado a mover la legislación. Illinois fue el primer estado de EE.UU. en aprobar una ley específica de protección a niños influencers (Enjuris, 2025). La norma obliga a los padres a llevar un registro del tiempo que cada hijo aparece en contenido monetizado y exige que una parte de los ingresos se destine a un fideicomiso a nombre del menor, que este puede reclamar si sus padres incumplieron la norma. California y Minnesota han seguido un camino similar. Brasil dio un paso más reciente y contundente. Su nuevo Estatuto Digital del Niño y del Adolescente exige autorización judicial para el contenido monetizado que explote de forma habitual la imagen o la rutina de menores, trasladando la responsabilidad desde la esfera puramente familiar hacia un marco de control estatal (SGC Advogados, 2026). En España, la reforma en trámite plantea elevar de 14 a 16 años la edad mínima para que un menor pueda consentir el uso de sus propios datos e imagen en internet (Alex Legal, 2025).

Son avances importantes, pero todavía parciales. En la mayor parte del mundo, incluida buena parte de América Latina, la actividad de los niños influencers sigue sin regulación específica, amparada únicamente en la potestad general de los padres para tomar decisiones sobre sus hijos (Legálitas; Yorokobu / UCJC Madrid).

La pregunta de fondo, ¿de quién es esa infancia?

Más allá de las cifras y los casos judiciales, el fenómeno obliga a hacer una pregunta incómoda. ¿Qué pasa cuando la infancia deja de ser un espacio protegido de la lógica del mercado y se convierte en su motor? Durante buena parte del siglo XX se construyó la idea de que los niños debían estar resguardados del trabajo y del consumo adulto. Los niños influencers representan, en cierto modo, la reversión de esa idea. Son niños que trabajan, aunque no se llame así, generando contenido para adultos, dentro de un modelo económico diseñado por adultos, y cuyo consentimiento informado es, por definición, imposible a esa edad.

Investigaciones y reportajes especializados han detectado canales de niños influencers donde hasta el 92% de los seguidores son adultos

No se trata de descalificar a todas las familias que comparten contenido con sus hijos, ni de ignorar que para algunas esta actividad representa un ingreso legítimo y hasta oportunidades educativas o creativas genuinas para los propios niños. Pero la evidencia disponible, el vacío legal, la desproporción de audiencias adultas, los casos de abuso documentados y las primeras demandas de hijos contra sus propios padres, deja claro que el sistema actual protege mucho mejor los intereses comerciales de las marcas y las plataformas que los derechos de los menores cuya imagen sostiene todo el negocio.

Mientras la regulación avanza a paso lento, la responsabilidad recae, una vez más, en los adultos. Padres que decidan qué exponer y qué no, plataformas que transparenten qué contenido es publicidad, marcas que asuman estándares éticos al contratar a menores, y legisladores que terminen de cerrar ese vacío legal antes de que la próxima generación de trabajadores digitales cumpla dieciocho años y decida, como ya han hecho algunos, llevar a sus propios padres a los tribunales. Esta nueva forma de interacción puede incurrir en formas de monoscabo para la psicología infantil, en Subjetivamente podemos ayudarte a mejorar la salud mental de tus hijos.

Fuentes

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