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Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT): qué es, cómo funciona y evidencia científica del modelo.

La Terapia de Aceptación y Compromiso es un enfoque de tercera generación dentro de la psicología clínica, lo que implica un cambio de foco respecto de modelos centrados exclusivamente en la reducción de síntomas

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Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT): qué es, cómo funciona y evidencia científica del modelo.

No siempre es posible controlar lo que sentimos; el foco clínico está en modificar la forma en que respondemos a ello.

En la práctica clínica es frecuente observar un esfuerzo sostenido por controlar o suprimir pensamientos, emociones y sensaciones internas. Aunque estas estrategias pueden producir alivio a corto plazo, a mediano y largo plazo suelen asociarse a mayor rigidez conductual, aumento del malestar y restricción en áreas relevantes de la vida. Desde esta perspectiva, la Terapia de Aceptación y Compromiso propone una alternativa clínica clara: en lugar de organizar la conducta en torno a la evitación del malestar, se orienta al desarrollo de una relación más flexible con la experiencia interna y a la acción guiada por valores.

Qué es la Terapia de Aceptación y Compromiso

La Terapia de Aceptación y Compromiso es un enfoque de tercera generación dentro de la psicología clínica, lo que implica un cambio de foco respecto de modelos centrados exclusivamente en la reducción de síntomas. En este marco, se incorporan procesos como la relación con los eventos internos, la regulación atencional y la conducta guiada por valores como objetivos centrales del tratamiento.

Desde un punto de vista teórico, ACT se enmarca en el conductismo contextual y se fundamenta en la Teoría del Marco Relacional (Relational Frame Theory, RFT), que describe cómo el lenguaje humano influye en la cognición y en el sufrimiento psicológico. A nivel clínico, no busca modificar directamente el contenido de pensamientos o emociones, sino su función dentro de la conducta, reduciendo el impacto que estos eventos tienen cuando organizan la acción de manera rígida o evitativa.

Se ha descrito que el sufrimiento psicológico se mantiene principalmente por patrones de evitación experiencial, fusión cognitiva y conducta orientada al alivio inmediato, los cuales, aunque comprensibles, tienden a restringir el repertorio conductual y a alejar a la persona de áreas significativas de su vida. En este contexto, el objetivo terapéutico central es el desarrollo de la flexibilidad psicológica, entendida como la capacidad de contactar con el momento presente y ajustar la conducta en función de valores, incluso en presencia de malestar.

Origen del enfoque y papel del lenguaje

La Terapia de Aceptación y Compromiso fue desarrollada a finales de la década de 1980 y comienzos de los años 90 por Steven C. Hayes, junto con Kelly Wilson y Kirk Strosahl, en el marco de las terapias conductuales contextuales (Hayes, Strosahl & Wilson, 2012). Su desarrollo se vincula a la Teoría del Marco Relacional (RFT), que describe cómo el lenguaje humano organiza la experiencia y puede contribuir al sufrimiento psicológico.

ACT surge a partir de la investigación en análisis del comportamiento, incorporando de manera sistemática el papel del lenguaje en la experiencia humana. Los seres humanos no solo experimentan eventos, sino que los interpretan, evalúan y anticipan de forma constante. Este proceso, mediado por el lenguaje, puede amplificar el malestar y aumentar la reactividad.

Por ejemplo, a una emoción primaria puede añadirse una evaluación secundaria (“esto no debería pasar”, “no puedo con esto”), lo que incrementa la activación emocional y favorece respuestas de evitación. Desde esta perspectiva, ACT no busca eliminar estos eventos internos, sino modificar su función, de modo que tengan menor control sobre la conducta.

Flexibilidad psicológica: proceso central

La flexibilidad psicológica es una habilidad clínica entrenable que se desarrolla progresivamente a lo largo del proceso terapéutico. Implica discriminar entre eventos internos y conducta, tolerar experiencias internas sin responder automáticamente y orientar la acción en función de criterios valóricos.

Clínicamente, esto se traduce en una mayor capacidad de sostener conductas relevantes en presencia de ansiedad, duda o incomodidad, reduciendo la dominancia del malestar inmediato sobre la acción. Cuando esta capacidad es baja, predominan patrones como la evitación experiencial, la fusión cognitiva y la rigidez conductual; cuando aumenta, se amplía el repertorio de respuestas posibles y mejora la regulación conductual.

Para desarrollar esta capacidad, el trabajo terapéutico integra de manera funcional procesos como la aceptación de la experiencia interna, la defusión cognitiva, el contacto con el presente, la perspectiva del yo, la clarificación de valores y la acción comprometida. Estos procesos se abordan de forma no lineal, en función del análisis del caso y de los objetivos terapéuticos.

Cómo se trabaja en terapia

El proceso terapéutico en ACT es activo, experiencial y estructurado desde un punto de vista clínico, centrado no solo en la comprensión del problema, sino en el análisis de los factores que lo mantienen en el presente y en el entrenamiento de nuevas formas de respuesta.

En las primeras sesiones, es habitual realizar un análisis funcional de la conducta, es decir, identificar en qué situaciones aparece el malestar, cómo responde la persona (por ejemplo, evitando, sobrepensando o controlando) y qué consecuencias tienen esas respuestas a corto y largo plazo. Este análisis permite entender por qué el problema se mantiene en el tiempo.

A partir de ahí, el trabajo se orienta a intervenir directamente en esos patrones. Por ejemplo, cuando predomina la evitación, se introducen estrategias de exposición gradual a experiencias internas o externas previamente evitadas. Cuando hay alta fusión cognitiva, se entrenan habilidades para tomar distancia de los pensamientos y reducir su influencia sobre la conducta.

Durante las sesiones se utilizan ejercicios experienciales, prácticas de atención y tareas aplicadas a situaciones concretas de la vida cotidiana, con el objetivo de que las habilidades desarrolladas puedan generalizarse a distintos contextos relevantes para la persona.

Entre sesiones, es frecuente proponer tareas específicas, como registrar situaciones, aplicar ejercicios en momentos de malestar o ensayar conductas nuevas. Estas tareas no se orientan a hacerlo “correctamente”, sino a generar información clínica y facilitar el aprendizaje.

El rol del terapeuta es activo: guía el proceso, ajusta las intervenciones según la respuesta del paciente y evalúa continuamente el progreso en función de cambios conductuales más que de la sola disminución subjetiva del malestar.

Con el tiempo, este trabajo permite que la persona desarrolle mayor flexibilidad en su forma de responder, reduciendo la rigidez conductual y aumentando la capacidad de actuar de manera coherente con sus valores en distintos contextos.

Evidencia científica

ACT cuenta con una base de evidencia robusta a nivel internacional, con meta-análisis que muestran efectividad en problemas como ansiedad, depresión, estrés y dolor crónico, y resultados comparables a otros tratamientos psicológicos con alta evidencia.

El meta-análisis de A‑Tjak et al. (2015), que incluyó 39 ensayos controlados aleatorizados, concluye que ACT es significativamente más efectiva que la ausencia de tratamiento y presenta tamaños de efecto pequeños a moderados en distintas condiciones clínicas. Por su parte, Gloster et al. (2020), en una revisión de meta‑análisis, señalan que ACT muestra evidencia consistente de eficacia en distintos problemas y que la flexibilidad psicológica se asocia de manera relevante con los resultados terapéuticos, lo que respalda el foco del modelo en procesos de cambio más que en la reducción aislada de síntomas.

Problemas y diagnósticos en los que se aplica ACT

Desde un punto de vista clínico, ACT no está limitada a un diagnóstico específico, ya que se centra en procesos transdiagnósticos (evitación experiencial, fusión cognitiva, rigidez conductual). Esto implica que el foco del tratamiento no está en la etiqueta diagnóstica en sí, sino en los mecanismos psicológicos que se repiten a través de distintos trastornos y que mantienen el malestar. Por esta razón, se utiliza en distintos cuadros clínicos con evidencia de eficacia.

En la práctica, se aplica con frecuencia en:

  • Trastornos de ansiedad (p. ej., ansiedad generalizada, fobias, ansiedad social)
  • Depresión y sintomatología depresiva
  • Estrés crónico y burnout
  • Dolor crónico y condiciones médicas asociadas
  • Trastornos de la conducta alimentaria
  • Problemas relacionados con regulación emocional y conducta impulsiva

Más allá del diagnóstico, el criterio clínico relevante es la presencia de patrones de evitación, rigidez o dominancia del malestar sobre la conducta. ACT resulta especialmente pertinente cuando estos procesos están interfiriendo en áreas valiosas de la vida.

Qué puedes esperar de un proceso terapéutico

Un proceso con este enfoque no se orienta a la eliminación rápida de síntomas, sino al desarrollo de habilidades que permitan un funcionamiento más flexible, lo que implica identificar patrones de evitación y fusión cognitiva, modificar la relación con pensamientos y emociones, clarificar valores personales e incrementar conductas coherentes con estos.

El trabajo suele incluir tareas entre sesiones y exposición progresiva a experiencias previamente evitadas. Los cambios no son lineales, pero tienden a consolidarse de manera progresiva en la conducta cotidiana, con impacto en distintas áreas de la vida.

En términos de duración, no existe un número fijo de sesiones, ya que depende de la complejidad del caso, los objetivos terapéuticos y la frecuencia de las sesiones. En la práctica clínica, algunos protocolos breves de ACT se han desarrollado en rangos aproximados de 8 a 12 sesiones, especialmente en contextos focalizados; sin embargo, en la práctica habitual la duración es variable y depende de la complejidad del caso, la evolución del proceso, la presencia de comorbilidades y la necesidad de trabajar objetivos más amplios.

Más que una duración predeterminada, el criterio relevante es la adquisición progresiva de habilidades y su transferencia a la vida cotidiana, lo que se evalúa de manera continua durante el proceso.

Por qué trabajamos con este enfoque en Subjetivamente

La elección de un enfoque terapéutico implica una posición clínica respecto al cambio psicológico, por lo que en Subjetivamente priorizamos modelos con respaldo empírico y foco en procesos que permitan intervenciones adaptables a distintos problemas y contextos.

ACT ofrece un marco coherente, basado en evidencia, que no solo aborda síntomas, sino que también apunta a modificar la relación de las personas con su experiencia interna y a ampliar su capacidad de actuar de forma consistente con lo que consideran valioso. En este sentido, consideramos relevante que quienes consultan puedan comprender el enfoque con el que trabajan, sus fundamentos y sus implicancias clínicas, favoreciendo un proceso terapéutico claro y colaborativo.

Desde la práctica clínica, es frecuente observar la expectativa de que el cambio ocurra una vez que disminuye el malestar. Sin embargo, la evidencia y la experiencia clínica muestran que, en muchos casos, el cambio conductual se inicia en presencia de ese malestar. El desarrollo de una conducta más flexible, guiada por valores, se asocia a modificaciones sostenidas en el funcionamiento psicológico, incluso cuando persisten experiencias internas difíciles.

Si tienes dudas o quieres evaluar si este enfoque es adecuado para ti, puedes escribirnos. En Subjetivamente contamos con psicólogas como Gabriela Valdivia y Antonia Olate , quienes trabajan con Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) y otros enfoques basados en evidencia en psicoterapia; puedes revisar sus perfiles para conocer su formación, experiencia y áreas de trabajo.

Referencias

Hayes, S. C., Strosahl, K. D., & Wilson, K. G. (2012). Acceptance and Commitment Therapy: The Process and Practice of Mindful Change (2nd ed.). Guilford Press.

A‑Tjak, J. G. L., et al. (2015). Journal of Psychiatric Research, 68, 30–40. https://doi.org/10.1016/j.jpsychires.2015.08.004

Gloster, A. T., et al. (2020). Journal of Contextual Behavioral Science, 18, 181–192. https://doi.org/10.1016/j.jcbs.2019.11.009

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