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Terapias de tercera generación en Viña del Mar: abordaje clínico actual para problemáticas complejas

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Psicóloga clínica · Subjetivamente

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Terapias de tercera generación en Viña del Mar: abordaje clínico actual para problemáticas complejas

En la práctica clínica, muchos motivos de consulta no se explican solo por síntomas aislados. Lo que aparece, con frecuencia, son formas de sentirse, vincularse y pensarse que tienden a repetirse en el tiempo, incluso cuando la persona ya comprende lo que le ocurre. Este tipo de malestar no siempre responde al control de la conducta o del pensamiento, porque está sostenido en modos más profundos de experiencia. Las terapias de tercera generación surgen precisamente para trabajar ahí, integrando evidencia científica con modelos clínicos que abordan el sufrimiento desde su complejidad y contexto.

Por eso, en la psicoterapia contemporánea, estos enfoques han ido adquiriendo un lugar cada vez más relevante. No solo por su respaldo empírico, sino porque permiten intervenir en dificultades emocionales que se sostienen en el tiempo, integrando herramientas clínicas con una comprensión más amplia del funcionamiento psicológico.

En nuestro centro psicológico en Viña del Mar, incorporamos estos enfoques como parte de un trabajo clínico que busca responder de manera rigurosa y actualizada a este tipo de demandas, sosteniendo procesos terapéuticos que requieren mayor profundidad, flexibilidad y ajuste a cada caso.

En este artículo desarrollamos en qué consisten estas terapias, sus principales aplicaciones y qué las hace especialmente relevantes en el contexto actual de la salud mental.

En la práctica, esto se observa en personas que, a pesar de entender lo que les ocurre, sienten que vuelven a los mismos lugares internos, sin lograr cambios que se mantengan en el tiempo.

Incorporación de terapias de tercera generación en nuestro centro

Como centro clínico, incluimos estas terapias porque permiten abordar problemáticas que en la práctica cotidiana suelen ser más complejas que un diagnóstico aislado, como dificultades emocionales persistentes, patrones relacionales que se repiten, experiencias traumáticas y malestares que no ceden solo con insight o control cognitivo.

Estos modelos permiten trabajar con la intensidad emocional, el trauma y la rigidez psicológica sin perder de vista la historia y el contexto de cada persona. Esto nos permite adaptar las intervenciones a cada proceso terapéutico, evitando abordajes estandarizados.

Incorporarlas no responde a una tendencia, sino a una necesidad clínica: contar con enfoques que permitan sostener procesos más complejos, con mayor profundidad y flexibilidad técnica.

Enfoque contextual e integrador

Las terapias de tercera generación —también llamadas terapias contextuales— integran aportes de distintos enfoques clínicos contemporáneos, ampliando la comprensión del malestar psicológico más allá de un único modelo teórico.

En este sentido, algunos de estos enfoques son integrativos, lo que significa que no se apoyan en una sola teoría psicológica, sino que articulan distintos marcos clínicos para comprender y abordar el sufrimiento. Incorporan aportes del psicoanálisis, la teoría del apego, las neurociencias y la investigación en trauma.

A diferencia de enfoques centrados exclusivamente en la modificación del pensamiento, este tipo de intervenciones no se centra únicamente en eliminar síntomas, sino en comprender la experiencia psicológica en su contexto personal, relacional e histórico.

Se denominan contextuales porque entienden que los pensamientos, emociones y conductas toman forma en relación con las situaciones, la historia de la persona y sus vínculos. En lugar de evaluar si un pensamiento es correcto o incorrecto, se observa qué función cumple en un contexto determinado y cómo impacta en la vida.

Esto permite intervenir no solo sobre el contenido de la experiencia, sino sobre la forma en que se organiza y se mantiene en el tiempo.

Este cambio de foco implica algo fundamental. No se trata solo de pensar distinto, sino de modificar la forma de vincularse con lo que uno piensa y siente.

Desde este enfoque, el malestar deja de entenderse como algo que debe ser erradicado a toda costa, y comienza a ser abordado como una experiencia que puede ser comprendida, elaborada y transformada.

Muchas veces, el sufrimiento se intensifica en los intentos por evitarlo. Cuanto más tratamos de controlar ciertos pensamientos o emociones, más presentes se vuelven.

Las terapias de tercera generación han estudiado ampliamente esta paradoja y proponen un giro clínico relevante, no luchar contra la experiencia interna, sino cambiar la forma en que nos vinculamos con ella.

Esto no implica resignación ni pasividad, sino la posibilidad de sostener lo que aparece sin quedar completamente tomado por ello.

En este punto se introduce un concepto central, la flexibilidad psicológica (Hayes et al., 2012), entendida como la capacidad de:

  • Estar en contacto con el momento presente
  • Observar pensamientos y emociones sin fusionarse con ellos
  • Actuar en función de valores personales, incluso en presencia de malestar

Desde una perspectiva clínica, esto también dialoga con la teoría de la mentalización (Fonagy et al., 2002), entendida como la posibilidad de pensar lo que sentimos, en lugar de reaccionar automáticamente desde ello.

Modelos terapéuticos y aplicaciones

Cuando hablamos de estos enfoques como modelos, nos referimos a que no son solo un conjunto de técnicas aisladas, sino marcos clínicos completos que orientan la comprensión del malestar, la forma de intervenir y el vínculo terapéutico.

Un modelo terapéutico implica una forma de comprender cómo se origina el sufrimiento, qué lo mantiene y qué condiciones permiten que algo pueda transformarse. Esto incluye una teoría del cambio, es decir, una explicación de qué procesos permiten que una persona pueda sentirse distinta, relacionarse de otra manera consigo misma o modificar patrones que se repiten.

En este sentido, trabajar desde modelos como ACT, DBT, MBT o EMDR no significa aplicar herramientas de forma mecánica, sino sostener una coherencia clínica en todo el proceso terapéutico, desde la evaluación inicial hasta la forma en que se construye el vínculo con el paciente.

Esto permite que las intervenciones no sean fragmentadas, sino integradas, adaptándose a cada caso y favoreciendo procesos de cambio más profundos y sostenibles.

Al mismo tiempo, estos modelos suelen contar con una estructura de trabajo definida. Esto no implica rigidez, sino una organización del proceso terapéutico que incluye fases como evaluación, formulación del caso, intervención y seguimiento, junto con objetivos clínicos claros.

En algunos casos, esta estructura también considera una duración estimada en número de sesiones. Por ejemplo, intervenciones como DBT o MBT pueden organizarse en procesos más extensos, especialmente en problemáticas complejas, mientras que enfoques como ACT o EMDR pueden trabajarse en formatos más breves o focalizados según la demanda clínica.

Más que fijar un número rígido de sesiones, esta organización permite orientar el proceso, dar continuidad al trabajo terapéutico y evaluar avances de manera más precisa.

Además, estos modelos se sostienen en un método de trabajo clínico. Esto implica que no solo cuentan con técnicas, sino con formas específicas de intervenir, secuencias de trabajo y criterios para tomar decisiones terapéuticas. El método organiza cómo se evalúa, cómo se interviene y cómo se ajusta el proceso, permitiendo sostener coherencia clínica sin perder flexibilidad.

Esta estructura permite dar un marco al proceso, orientar los objetivos terapéuticos y evaluar avances, sin perder la flexibilidad necesaria para ajustarse a la singularidad de cada persona. En la práctica, esto se traduce en tratamientos que combinan dirección clínica con capacidad de adaptación.

Cuando se afirma que estos modelos cuentan con evidencia, se refiere a que han sido estudiados mediante investigaciones rigurosas, como ensayos clínicos controlados y revisiones sistemáticas, donde se evalúa si producen cambios significativos en el malestar psicológico.

Esto implica que sus resultados han sido comparados con otros tratamientos o con condiciones sin intervención, mostrando mejoras consistentes en síntomas, funcionamiento y calidad de vida en distintos contextos.

También supone que los procesos de cambio han sido investigados, permitiendo comprender no solo si funcionan, sino cómo y para quiénes resultan más adecuados. Este respaldo incluye estudios en distintas poblaciones clínicas, lo que permite ajustar las intervenciones según el tipo de dificultad y el contexto del paciente.

En la práctica clínica, trabajar con enfoques con evidencia no significa aplicar protocolos de forma rígida, sino contar con un respaldo que orienta las decisiones terapéuticas, integrándolo siempre con el juicio clínico y la singularidad de cada paciente. Esto permite trabajar con intervenciones que no solo son intuitivas, sino que han demostrado efectividad en distintos contextos clínicos.

Hablar de terapias de tercera generación implica comprender un cambio en la forma de hacer psicoterapia, donde los modelos se utilizan con respaldo empírico y se aplican en problemáticas complejas.

Entre los principales modelos, encontramos:

La Terapia Dialéctico-Conductual (DBT), desarrollada por Marsha Linehan, está especialmente indicada en personas con alta desregulación emocional. Se utiliza con frecuencia en trastorno límite de la personalidad, conductas autolesivas, impulsividad, crisis emocionales intensas y dificultades en relaciones interpersonales. Su foco está en enseñar habilidades concretas para tolerar el malestar, regular emociones y mejorar los vínculos, integrando siempre validación y cambio.

La Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) resulta especialmente útil en cuadros de ansiedad, depresión, estrés crónico, trastornos obsesivos y dificultades asociadas a la evitación experiencial. También se aplica en dolor crónico y enfermedades médicas. Está orientada a personas que sienten que luchan constantemente con sus pensamientos o emociones, ayudándolas a desarrollar flexibilidad psicológica y a construir una vida coherente con sus valores.

La Terapia Basada en la Mentalización (MBT) se utiliza principalmente en trastornos de la personalidad, trauma relacional y dificultades vinculares persistentes. Es especialmente relevante cuando hay problemas para comprender las propias emociones o las de otros, lo que suele traducirse en malentendidos, reacciones intensas o vínculos inestables. Su objetivo es fortalecer la capacidad de pensar los estados mentales, favoreciendo una mayor regulación emocional y estabilidad relacional.

El EMDR (Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares) está indicado en trauma psicológico, trastorno de estrés postraumático, experiencias adversas tempranas, fobias y recuerdos con alta carga emocional que siguen afectando en el presente. También se utiliza en ansiedad y duelos complejos. Su foco está en reprocesar experiencias no elaboradas para que puedan integrarse de manera adaptativa.

Más que modelos aislados, lo que los une es una comprensión compartida: el sufrimiento psicológico se comprende en contexto y se trabaja en una relación terapéutica que permite simbolizar la experiencia. En la práctica, estos modelos se integran según las necesidades del proceso terapéutico, ajustando el tratamiento a las características específicas de cada persona. Aunque cada uno tiene fundamentos específicos, comparten principios comunes y pueden articularse dentro de un mismo proceso terapéutico.

En términos de aplicación clínica, estas terapias han demostrado eficacia en el abordaje de diversas problemáticas, entre ellas:

  • Ansiedad y estrés
  • Depresión
  • Trauma psicológico
  • Trastornos de la personalidad
  • Dificultades emocionales persistentes

Sin embargo, su aporte más profundo no se limita a los diagnósticos. Su foco está en acompañar procesos donde la persona pueda construir una relación distinta consigo misma, favoreciendo formas de funcionamiento más coherentes y sostenibles en el tiempo. Este enfoque resulta especialmente relevante para personas que, a pesar de comprender lo que les ocurre, no logran generar cambios sostenidos en su forma de sentirse o relacionarse.

Nuestro enfoque clínico en Viña del Mar

En nuestro centro psicológico en Viña del Mar trabajamos con las psicólogas especializadas en terapias de tercera generación: Fernanda Gumucio, Antonia Olate y Gabriela Valdivia.

Trabajamos desde un enfoque que integra evidencia científica actualizada con una comprensión clínica profunda, permitiendo abordar casos complejos que muchas veces han pasado por otros tratamientos sin lograr cambios sostenidos.

Esto implica trabajar cada proceso terapéutico desde la singularidad de la persona, evitando intervenciones estandarizadas y favoreciendo cambios que puedan sostenerse en el tiempo.

En muchos procesos terapéuticos, el cambio no ocurre al eliminar el malestar, sino al modificar la forma en que este puede ser comprendido y sostenido.

Las terapias de tercera generación apuntan a que la persona pueda desarrollar una relación más flexible con su propia experiencia, ampliando su capacidad de regulación, comprensión y decisión.

No se trata de dejar de sentir, sino de poder relacionarse de manera distinta con aquello que aparece. El cambio no siempre ocurre cuando desaparece el malestar, sino cuando deja de organizar la experiencia de la misma manera.

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