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Violencia escolar en Chile: ¿Qué nos está diciendo realmente este fenómeno?

La psicóloga Fernanda Gumucio analiza la violencia escolar en Chile no como un simple problema de conducta, sino como el síntoma de un sufrimiento psíquico que no encuentra palabras. Un recorrido clínico —desde la teoría de la mentalización hasta la crisis de la función adulta— que invita a entender por qué, cuando el malestar no puede pensarse, la violencia se actúa.

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Psicóloga clínica · Subjetivamente

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Violencia escolar en Chile: ¿Qué nos está diciendo realmente este fenómeno?

En el escenario actual de la educación en Chile, la violencia en los colegios ha dejado de ser un problema de "mala conducta" para transformarse en un fenómeno que cuestiona nuestras bases vinculares. Como especialistas en salud mental en la Región de Valparaíso, en Subjetivamente observamos a diario cómo el aula se convierte en la caja de resonancia de un malestar social y subjetivo que las instituciones ya no logran metabolizar.

En este artículo, la psicóloga Fernanda Gumucio nos invita a una reflexión profunda y necesaria: ¿Qué hay detrás de la actuación violenta? Utilizando marcos teóricos como la mentalización y la función de contención, Fernanda desglosa la fragilidad narcisista de niños y adolescentes que, al no encontrar palabras para su dolor, terminan por "actuarlo" en el espacio escolar.

Cuando la violencia escolar deja de ser un problema de convivencia

¿Qué está pasando cuando un niño lleva un arma al colegio? ¿Qué expresa un grupo cuando humilla sistemáticamente a un compañero hasta volver inhabitable su vida escolar? ¿Qué nos dicen, más allá de la alarma inmediata, los múltiples episodios de violencia escolar que han comenzado a instalarse en la conversación pública sobre educación en Chile?

Durante los últimos años, la violencia escolar ha dejado de aparecer como una suma de incidentes aislados para convertirse en una preocupación estructural. Peleas graves, amenazas, agresiones a docentes, episodios con armas y formas cada vez más sofisticadas de hostigamiento entre pares han instalado una pregunta inquietante en la conversación pública. Quizá no estamos observando únicamente un aumento de la indisciplina, sino el síntoma visible de una transformación más profunda en la forma en que niños y adolescentes están llegando al vínculo, al conflicto y al límite. La preocupación ya no gira solo en torno al aumento de denuncias, sino también a la mayor gravedad cualitativa de los episodios, con comunidades educativas describiendo una violencia más intensa, más desregulada y, en algunos casos, más difícil de anticipar o contener.

Pensar la violencia escolar únicamente como un problema de convivencia puede simplificar en exceso un fenómeno considerablemente más complejo. La escuela no produce por sí sola la violencia que intenta contener, sino que muchas veces se vuelve el escenario donde irrumpe un malestar que la excede. Más bien, se ha transformado en uno de los principales escenarios donde se condensan tensiones subjetivas, familiares, sociales e institucionales que exceden largamente sus márgenes de acción pedagógica.

En la práctica clínica actual resulta cada vez más evidente que muchos niños y adolescentes llegan a la escuela portando niveles significativos de sufrimiento psíquico que no siempre encuentran espacios de elaboración suficientes en sus contextos de origen. Diversos especialistas entrevistados en la cobertura reciente sobre violencia escolar han insistido precisamente en que el aula se ha vuelto uno de los lugares donde ese malestar termina expresándose con mayor visibilidad, no porque la escuela lo produzca, sino porque constituye uno de los pocos espacios donde aún se pone en juego intensamente la vida vincular cotidiana. La precarización de los vínculos, la sobrecarga de las funciones parentales, la disminución de redes comunitarias protectoras, la hiperestimulación digital y la exposición temprana a múltiples formas de violencia configuran un escenario donde la capacidad de los entornos primarios para contener, metabolizar y dar sentido al malestar se ve frecuentemente tensionada.

Desde esta perspectiva, la escuela aparece como uno de los primeros espacios institucionales donde ese sufrimiento se despliega en lo vincular. No porque lo origine, sino porque constituye uno de los principales escenarios donde niños y adolescentes ponen en juego, muchas veces de manera no verbal, sus modos de habitar el conflicto, la frustración, la diferencia y el reconocimiento.

La violencia escolar puede entenderse como una forma en que el malestar social y subjetivo encuentra escena dentro de la escuela. Dentro de ella, aquello que no logra tramitarse en otros espacios vinculares muchas veces termina apareciendo en la conducta, en el conflicto o en la actuación.

Cuando el malestar no puede pensarse, la violencia se actúa

Una parte importante de los episodios de violencia observados en contextos escolares no parecen responder únicamente a mala conducta o impulsividad inespecífica. Muchos de ellos expresan dificultades más profundas para simbolizar el malestar psíquico y tramitarlo de manera reflexiva.

Desde la teoría de la mentalización (Fonagy & Bateman, 2016), la capacidad de pensar los propios estados emocionales y los de otros constituye una función central para la regulación de la conducta. Esta perspectiva permite comprender por qué muchos episodios de agresión escolar no se asemejan simplemente a transgresiones deliberadas, sino a momentos de colapso en la capacidad de pensar el afecto antes de actuarlo. Desde una tradición clínica afín, Winnicott (1965) subrayó que gran parte de la agresividad infantil solo puede elaborarse cuando existe un ambiente suficientemente estable capaz de contenerla y devolverla en formas psíquicamente elaborables.

Cuando esa capacidad se encuentra fragilizada, el conflicto tiende a experimentarse de forma mucho más concreta, inmediata y persecutoria. La frustración deja de sentirse como una experiencia transitoria que puede ser pensada, y comienza a vivirse como una amenaza intolerable que exige descarga o eliminación rápida. En esos estados, el otro deja de ser percibido como un sujeto complejo con intenciones y emociones propias, y puede pasar a ser vivido simplemente como obstáculo, amenaza o fuente de humillación.

Algunos actos violentos no representan únicamente falta de control, sino dificultades profundas para transformar el sufrimiento en pensamiento antes de actuarlo. En estos casos, la violencia puede funcionar como una forma de actuación allí donde aún no existe suficiente capacidad para representar mentalmente el propio sufrimiento.

Muchos equipos escolares describen que situaciones aparentemente menores escalan hoy con rapidez hacia reacciones desproporcionadas. Este punto aparece reiteradamente en testimonios de docentes y directivos entrevistados en distintos reportajes nacionales, quienes relatan que conflictos antes manejables ahora pueden escalar en segundos hacia escenas de agresión intensa, con escasa capacidad de mediación previa. Un límite, una corrección, una burla o una diferencia interpersonal pueden ser vividos como experiencias intensamente humillantes o persecutorias.

Esto obliga a considerar que parte de la violencia actual podría articularse con formas de organización subjetiva particularmente frágiles frente a la frustración y la herida narcisista. Cuando el sentido de sí mismo se sostiene sobre bases vulnerables, con baja integración de la ambivalencia y escasa tolerancia a la frustración, incluso pequeñas experiencias de desconfirmación pueden sentirse como ataques globales a la propia identidad.

En estos casos, la agresión puede operar como defensa frente a estados internos de derrumbe, vergüenza o desorganización psíquica. Golpear, humillar o destruir no siempre expresa únicamente dominio u omnipotencia. En ocasiones constituye un intento desesperado de expulsar hacia afuera un afecto interno que resulta intolerable de sostener. En esa misma línea, Bion (1962) describió cómo, cuando una experiencia emocional no puede ser suficientemente contenida ni pensada, tiende a evacuarse mediante formas de descarga que buscan expulsar aquello que no logra metabolizarse psíquicamente.

Pensar la violencia desde esta perspectiva no implica justificarla, sino complejizar su comprensión. Detrás de ciertas conductas agresivas puede haber no solo hostilidad, sino también fragilidad psíquica, vergüenza y desorganización emocional.

La crisis de la función adulta y los límites de la escuela actual

Otro aspecto central del fenómeno es la dificultad creciente de muchas instituciones para ejercer funciones de límite, contención y autoridad de manera consistente y legitimada. Esta percepción aparece con fuerza tanto en el discurso de docentes como en análisis especializados, donde se repite la idea de que muchas comunidades educativas se sienten hoy desbordadas frente a conflictos cuya complejidad excede largamente las herramientas tradicionales de convivencia escolar. Docentes sobrepasados, adultos emocionalmente agotados, familias exigidas y comunidades educativas temerosas de intervenir configuran un escenario donde sostener autoridad resulta cada vez más complejo.

Sin embargo, la autoridad no se reduce al control ni a la sanción, sino que implica también una función de contención, traducción y elaboración psíquica del conflicto. Desde una perspectiva clínica, ejercer autoridad supone recibir el malestar infantil y adolescente, pensarlo, contenerlo, nombrarlo y devolverlo en una forma más elaborable. El límite no organiza solo porque prohíbe; organiza porque introduce sentido allí donde el impulso amenaza con desbordar.

Cuando los adultos se encuentran sobrepasados, fragmentados o deslegitimados, esa función contenedora se debilita. Y cuando no hay adultos capaces de metabolizar suficientemente el conflicto, este tiende a circular de manera más cruda entre pares, aumentando las probabilidades de actuación violenta.

Parte de la violencia escolar actual puede pensarse, entonces, no solo como una crisis de conducta infantil o adolescente, sino también como expresión de una dificultad creciente de los entornos adultos para sostener funciones de regulación simbólica frente al malestar. En sintonía con ello, Silvia Bleichmar (2008) advirtió tempranamente que muchos de los malestares infantiles actuales no pueden comprenderse únicamente desde categorías intrapsíquicas, sino también desde transformaciones culturales y vinculares que afectan profundamente los procesos de constitución subjetiva.

Hoy se espera que la escuela enseñe, contenga, prevenga violencia, detecte vulneraciones, aborde salud mental, sustituya déficits familiares y organice convivencia social. Sin embargo, muchas comunidades educativas carecen de los recursos humanos, clínicos e institucionales para sostener semejante demanda.

La violencia escolar de hoy también habla de una institución sobrecargada, llamada a responder por múltiples fracturas sociales sin contar siempre con el soporte necesario para hacerlo.

La tarea adulta frente a una violencia que desborda

Pensar la violencia escolar únicamente como un problema de disciplina puede resultar tranquilizador, porque sugiere que bastaría con mejores normas o sanciones más duras para resolverla. Sin embargo, lo que estamos observando en muchas escuelas de Chile exige una lectura más compleja.

Comprender la violencia escolar en Chile implica mirar más allá de la conducta visible y preguntarse qué formas de sufrimiento, desorganización psíquica y precariedad vincular pueden estar expresándose detrás de aquello que aparece como agresión.

Si esto es así, entonces la tarea adulta no puede reducirse a sancionar o controlar. Contener no significa justificar, pero tampoco basta con imponer límites sin intentar comprender aquello que se está jugando detrás de la conducta. Un límite sin pensamiento puede frenar momentáneamente una actuación, pero rara vez transforma el conflicto que la produce.

Los niños y adolescentes necesitan adultos capaces de intervenir con firmeza, pero también con capacidad de reflexión. Adultos que no reaccionen únicamente frente al síntoma, sino que puedan preguntarse qué dolor, qué desorganización o qué experiencia de desamparo puede estar intentando expresarse a través de la agresión.

Esto exige una posición adulta cada vez más difícil de sostener. Requiere tolerar la incomodidad de no reducir rápidamente la violencia a etiquetas tranquilizadoras como “mala conducta”, “falta de límites” o “niños problemáticos”, y sostener en cambio una pregunta más compleja sobre el sufrimiento que puede estar implicado.

También exige reconocer que ninguna institución puede responder sola a este fenómeno. La violencia escolar requiere articulación entre escuela, familia, salud mental y comunidad, precisamente porque el malestar que la produce excede a cada una de ellas por separado.

Mientras la violencia escolar siga pensándose solo en términos de disciplina, castigo o control, continuaremos interviniendo sobre el síntoma sin comprender plenamente el sufrimiento que intenta expresarse a través de él.

Pensar la violencia escolar desde una perspectiva clínica no significa relativizar su gravedad. Significa reconocer que, muchas veces, allí donde aparece la agresión también hay sufrimiento no simbolizado, fragilidad subjetiva y una subjetividad que no ha encontrado todavía otra forma de hacerse escuchar.

Porque cuando un niño o un adolescente solo logra expresarse a través de la violencia, lo urgente no es únicamente detener la conducta. También es preguntarse qué dolor, qué desborde o qué experiencia de desamparo no ha encontrado aún palabras suficientes para ser dicha.

Entender la violencia escolar requiere escuchar más allá de lo evidente. Y quizá una parte esencial del trabajo adulto consista justamente en eso, en ofrecer las condiciones para que aquello que hoy se actúa pueda, con el tiempo, comenzar a pensarse.

A veces, cuando algo logra ponerse en palabras, deja de necesitar expresarse a través de la violencia.

Referencias

Bateman, A., & Fonagy, P. (2016). Mentalization-based treatment for personality disorders: A practical guide. Oxford University Press.

Bion, W. R. (1962). Learning from experience. Heinemann.

Bleichmar, S. (2008). Violencia social, violencia escolar: De la puesta de límites a la construcción de legalidades. Noveduc.

El País. (2026, 2 de abril). Las escuelas de Chile le abren la puerta a los detectores de metales para atajar la violencia. https://elpais.com/

Revista Paula. (2022). Violencia escolar: los agitados primeros días del regreso a clases. https://www.latercera.com/paula/

Revista Paula. (2024). El bullying escolar hoy. https://www.latercera.com/paula/

Superintendencia de Educación. (2025). Convivencia escolar en el foco: lo que revelan las denuncias recibidas por la Superintendencia de Educación. https://www.supereduc.cl/

Universidad de Chile. (2026). Especialistas analizan violencia escolar y entregan claves para abordarla. https://uchile.cl/Winnicott, D. W. (1965). The maturational processes and the facilitating environment. Hogarth Press.

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