Salud mental en la adultez: ¿y si la vida no era como la imaginábamos?

Muchos adultos llegan a cierta altura de la vida con la impresión de que algo no resultó como lo imaginaban, incluso cuando han conseguido buena parte de lo que esperaban. Este artículo recorre de dónde vienen esas expectativas, qué ocurre cuando la vida toma otro rumbo y por qué el duelo por la vida que no fue puede volverse difícil de nombrar. También revisa la soledad y el cansancio de esta etapa, y por qué pedir ayuda sigue costando cuando se aprendió a leer la independencia como señal de madurez.

En este artículo

  • De dónde vienen las expectativas sobre la vida adulta y cómo se incorporan a la propia imagen
  • Por qué las dificultades actuales se leen como falta de esfuerzo personal y no como condiciones compartidas
  • Qué tiene de duelo la distancia entre la vida que se imaginó y la que se construyó
  • Por qué alcanzar lo que se esperaba no garantiza sentirse satisfecho
  • Qué dice Winnicott sobre estar solo y apoyarse en otros sin que sean experiencias opuestas

Por Ps. Fernanda Gumucio

Publicado en 2026

En esta página
  1. Las expectativas sobre la vida adulta y sus transformaciones
  2. Las crisis y los cuestionamientos en la adultez
  3. La soledad, el agotamiento y la necesidad de sostén
  4. Fuentes

Las expectativas sobre la vida adulta y sus transformaciones

En la práctica clínica encontramos con frecuencia adultos que expresan cierta incomodidad con la vida que están llevando. A veces se manifiesta como una queja, otras como una pregunta sobre lo que han construido y aquello que esperaban para sí mismos. No siempre identifican algo concreto que haya salido mal. Incluso cuando han alcanzado metas importantes, persiste la impresión de que su vida no está resultando como la imaginaban.

Muchos adultos crecieron con determinadas ideas sobre cómo sería su vida. Algunas provenían de las expectativas familiares, de aquello que sus padres consideraban importante o de las posibilidades que imaginaban para sus hijos, dentro de un contexto histórico y cultural que también establecía ciertas referencias sobre lo que significaba llegar a ser adulto. Con el tiempo, estas expectativas pueden incorporarse a la manera en que una persona se piensa a sí misma, a lo que espera conseguir y al lugar que imagina ocupar en el futuro (Aulagnier, 1975/1977). Cuando la vida toma un rumbo diferente del imaginado, pueden aparecer cuestionamientos que van más allá de lo que no se consiguió y alcanzan la manera en que cada uno se reconoce a sí mismo.

Las condiciones actuales de vida han cambiado, pero muchos de los ideales asociados a la adultez permanecen. La formación profesional ya no asegura necesariamente una trayectoria laboral estable, mientras que la independencia económica y el acceso a la vivienda presentan nuevas dificultades. También han cambiado las expectativas respecto de decisiones que antes parecían formar parte de un recorrido establecido, como formar una familia o tener hijos, incluyendo hoy la posibilidad de cuestionarlas o simplemente no desearlas. Estas transformaciones afectan tanto las posibilidades concretas de desarrollar ciertos proyectos como las referencias desde las cuales las personas deciden qué vida quieren construir. Las dificultades que aparecen en ese proceso pueden terminar siendo interpretadas como una falta de capacidad o esfuerzo personal, aun cuando intervienen condiciones económicas y sociales que exceden las decisiones individuales.

La hiperconexión introduce otra dimensión en esta experiencia. La exposición permanente a otras formas de vivir, relacionarse y construir proyectos amplía las referencias con las que evaluamos nuestras propias decisiones. La comparación adquiere una presencia cotidiana, mientras circulan imágenes sobre lo que significa tener una vida satisfactoria y aquello que se espera haber conseguido a determinada edad. Conocer otras posibilidades puede ampliar nuestras alternativas, pero también llevarnos a cuestionar decisiones que antes parecían tener sentido, especialmente cuando las referencias cambian continuamente y resulta difícil encontrar cierta estabilidad en aquello que se está construyendo.

Las crisis y los cuestionamientos en la adultez

La distancia entre lo que se esperaba y lo que efectivamente se ha construido puede adquirir un significado que excede la frustración por un proyecto que no resultó. Aquello que no se consiguió comienza a intervenir en la manera de evaluar las propias capacidades, las decisiones tomadas y el lugar que se ocupa en la vida. La sensación de no haber hecho lo suficiente puede persistir incluso cuando existen experiencias y logros que permitirían reconocer una trayectoria. En ocasiones, el fracaso de un proyecto termina adquiriendo un significado mucho más amplio, como si aquello que no se consiguió dijera algo definitivo sobre uno mismo.

Estos cuestionamientos pueden adquirir especial intensidad cuando aparece la impresión de que el tiempo para realizar ciertos proyectos ya pasó. Las relaciones que no pudieron sostenerse, las decisiones que se postergaron o las expectativas que no llegaron a cumplirse pueden experimentarse como pérdidas, aunque no siempre sean reconocidas como tales. Hay algo de duelo por la vida que se imaginó y que finalmente no fue. En ocasiones, resulta difícil pensar nuevas posibilidades sin compararlas con aquello que se esperaba conseguir, como si construir algo diferente implicara aceptar una vida de menor valor.

En estas crisis también aparece la sensación de que el tiempo ha pasado y ciertas posibilidades ya no están disponibles. Reconocer el presente puede resultar doloroso cuando la vida ha tomado un rumbo diferente del que se esperaba. Algunas personas siguen intentando alcanzar aquello que imaginaron años atrás, aun cuando sus circunstancias y sus propios deseos han cambiado. La dificultad para aceptar esas diferencias puede hacer que el futuro se piense principalmente desde lo que quedó pendiente, dejando poco espacio para imaginar otras posibilidades.

También encontramos adultos que han alcanzado buena parte de lo que esperaban y que, aun así, experimentan insatisfacción. Han construido relaciones, desarrollado proyectos o conseguido cierta estabilidad, pero la vida que llevan no les produce necesariamente el bienestar que imaginaron. En algunos casos, comienzan a cuestionar decisiones que durante años tuvieron sentido y les cuesta reconocer qué desean actualmente. Aparece entonces una confusión difícil de explicar, porque aquello que antes parecía importante sigue estando presente, pero ya no se experimenta de la misma manera.

La soledad, el agotamiento y la necesidad de sostén

La soledad también ocupa un lugar importante en algunas experiencias de la adultez. Muchas personas mantienen relaciones familiares, laborales o de pareja y, sin embargo, encuentran dificultades para compartir lo que les ocurre. Los cuestionamientos sobre la propia vida pueden vivirse de manera bastante solitaria, especialmente cuando existe la impresión de que los demás han conseguido aquello que uno todavía intenta alcanzar. En ocasiones, cuesta encontrar relaciones donde sea posible hablar de las incertidumbres, las decepciones, aquello que sentimos que nos falta o las decisiones que todavía nos producen conflicto.

Las exigencias de la vida cotidiana también pueden hacer más difícil mantener los vínculos. Entre el trabajo, las responsabilidades familiares y las preocupaciones económicas, muchas personas terminan teniendo poco tiempo y energía para encontrarse con otros. Las relaciones necesitan cierta continuidad, pero organizar un encuentro o mantener una conversación puede volverse difícil cuando el cansancio se acumula. Con el tiempo, algunas relaciones se van distanciando, incluso cuando existe el deseo de mantenerlas. Esa distancia puede generar dudas sobre el interés del otro, pero también sobre la propia disposición para mantener el contacto. A veces resulta difícil distinguir cuánto de ese alejamiento responde a las circunstancias de cada uno y cuánto tiene que ver con lo que está ocurriendo en la relación.

Durante la adultez también existe cierta expectativa de que cada persona sea capaz de resolver sus dificultades por sí misma. Pedir ayuda, expresar dudas o reconocer que necesitamos a otros puede resultar difícil, especialmente cuando se ha aprendido a valorar la independencia como una señal de madurez. Sin embargo, tener autonomía no significa dejar de necesitar compañía, apoyo o relaciones en las que podamos sentirnos comprendidos. Incluso las personas que han construido una vida independiente pueden atravesar momentos en los que necesitan compartir sus preocupaciones y contar con alguien, sin tener necesariamente una solución para aquello que les ocurre. El pensamiento de Winnicott permite considerar que la capacidad de estar solo y la posibilidad de apoyarse en otros no son experiencias necesariamente opuestas. En su trabajo sobre la capacidad para estar solo, Winnicott (1958) plantea que esta capacidad se desarrolla originalmente en la experiencia de estar solo en presencia de alguien disponible.

Durante la adultez también puede resultar difícil reconocer el propio malestar. Algunas personas sienten que, a esta altura de sus vidas, deberían tener más claridad sobre lo que quieren, sentirse satisfechas con lo que han construido o saber cómo enfrentar sus dificultades. Cuando eso no ocurre, comienzan a preguntarse por qué siguen sintiéndose insatisfechas o angustiadas, especialmente cuando consideran que tienen razones suficientes para estar bien. A estas preguntas puede sumarse la dificultad de compartirlas con otros, porque reconocer que uno no sabe qué hacer con su propia vida puede resultar especialmente difícil cuando se supone que, siendo adulto, ya debería saberlo.

Quizás una de las dificultades de la adultez sea aceptar que la vida que estamos viviendo puede ser muy distinta de aquella que alguna vez imaginamos. Algunas expectativas se cumplen, otras dejan de tener sentido y muchas decisiones adquieren un significado diferente con los años. En ese proceso pueden aparecer períodos de incertidumbre, insatisfacción o tristeza que no siempre sabemos cómo comprender. A veces, lo más difícil es reconocer que aquello que antes nos orientaba ya no necesariamente responde a lo que queremos para nuestra vida actual.

Fuentes